Jueves, 16 de Julio de 2015 19:06 EDT
Desde la creación del euro, muchos han
vaticinado su hundimiento. En la última semana, eso estuvo más cerca que
nunca de cumplirse, o de que al menos uno de sus miembros abandonara el
club.
Algunos señalan que el acuerdo
de Grecia con el resto de la eurozona el lunes por la mañana tras toda
una noche de negociaciones apunta al fin de la moneda única de todas
formas: el hecho de que en la agenda estuviera contemplada la salida de
Grecia demuestra que unirse al euro ya no es algo irreversible. Lo cual
hace inevitable que, tarde o temprano, alguno de sus miembros se vaya.
Pero
este análisis en cierta medida histérico pasa por alto el hecho de que,
hasta la fecha, el euro ha sobrevivido incluso a esta sacudida extrema.
Grecia no ha optado por marcharse. En lugar de eso, los mandatarios de
la eurozona demostraron nuevamente una notable voluntad política de
mantener unida a la unión monetaria.
Esto
quedó patente por ambas partes: por parte de Atenas, que cedió a las
exigencias a las que se había resistido durante seis meses; y por parte
de la eurozona, que ha apuntado que está dispuesta a ofrecer un nuevo
paquete de ayudas --incluido un compromiso explícito a un alivio de la
deuda sustancial en el futuro-- a un país y un gobierno cuyos
comportamientos pasados no dan motivos para creer que se puede confiar
en que cumplan sus promesas.
Cierto es que el acuerdo aún puede fracasar, lo que obligaría a Grecia a salir del euro.
Pero
eso no significaría que el euro ha vuelto a ser un régimen de tasas de
cambio fijas. Ninguna unión monetaria --ni tampoco ninguna unión
política-- es realmente irreversible. Y si no, recuerden que el pasado
año Reino Unido casi perdió a Escocia.
Lo
que la crisis ha dejado patente, sin embargo, es que el costo de salir
del euro es muy distinto al costo de abandonar un vínculo con una
moneda. Sin una moneda que devaluar, una salida del euro lleva
inevitablemente al colapso del sistema bancario y la destrucción de la
economía nacional. Y eso no es algo que ningún líder democrático pueda
contemplar, como ha admitido el primer ministro heleno, Alexis Tsipras.
De
hecho, cuando se tranquilicen las cosas, estará claro que lo que se ha
ofrecido a Tsipras es muy generoso, y por eso lo ha aceptado.
Es
cierto que el Fondo Monetario Internacional ha declarado que las deudas
de Grecia son ya completamente insostenibles --debido totalmente al
daño hecho en los últimos seis meses-- y que no participará en un nuevo
programa a menos que se realice un gran recorte de la deuda del país.
Pero
la eurozona era plenamente consciente de que esa era la postura del FMI
antes del acuerdo del lunes. Y lo que es más, fue Alemania quien
insistió en que el FMI formara parte de cualquier programa futuro, pese a
las objeciones de Grecia. La continua participación del FMI da la señal
más clara posible de que la eurozona aliviará el peso de la deuda de
Grecia.
Para desbloquear este alivio de
la deuda, Tsipras ha tenido que aceptar términos de rendición
humillantes. Pero se lo ha ganado a pulso: primero, porque hizo promesas
totalmente incompatibles --mantener a Grecia en la eurozona al tiempo
que se ponía fin a la austeridad-- que no podía creer que mantendría; y
segundo, por la manera en que se ha comportado en los últimos seis
meses, mostrando poco respeto por las normas de la eurozona ni por los
mandatos democráticos de otros gobiernos.
Al
igual que el italiano Matteo Renzi, el francés François Hollande y
otros antes que él, Tsipras ha tenido que aprender las reglas del juego
europeo: no se puede lograr influir en otros líderes simplemente porque
se han ganado unas elecciones --todos lo han hecho--, sino que la
influencia se logra al ganarse su respeto demostrando que se tiene
capacidad para tomar decisiones difíciles en casa.
No
obstante, algunos argumentan que la tragedia griega demuestra que las
normas son demasiado brutales, que la actual estructura de la eurozona
deja demasiado poder en manos de los países acreedores y obliga a los
deudores a absorber todo el peso de los ajustes a las sacudidas.
Esto
ha abocado a gran parte del sur de Europa a un bache permanente,
convirtiendo a la eurozona en territorio fértil para los partidos
extremistas y populistas, según sus detractores.
Lo
que se necesita ahora con urgencia son pasos atrevidos hacia una mayor
integración política y fiscal, incluidos mecanismos para unas
transferencias fiscales mucho mayores entre los estados. Sin esto,
señala un experimentado político italiano, la eurozona se destruirá en
10 años.
¿Pero es eso cierto? La
eurozona ya cuenta con mecanismos para compartir el peso de las
sacudidas entre los estados miembros, como un banco central común, una
unión bancaria (aunque incompleta) y un gran fondo de rescate.
Es
cierto que las uniones monetarias con mayor éxito cuentan con grandes
presupuestos federales, pero eso tampoco sirve de garantía contra los
ciclos de auge y caída: recuerden lo que pasó con el cinturón industrial
de Estados Unidos o las viejas zonas industriales del norte de
Inglaterra.
Se puede discutir que la
viabilidad de la unión monetaria depende más de la flexibilidad y
dinamismo de la recuperación: la facilidad con la que Estados Unidos
puede desviar recursos a las áreas donde pueden utilizarse de manera más
productiva es lo que mejor explica su éxito, no las transferencias
fiscales.
En este análisis, el futuro
del euro depende menos de lo que le pase a Grecia y más de las lecciones
que extraigan de esta experiencia los votantes del sur de Europa. Si
ponen sus esperanzas en una unión de transferencias fiscales de la que
no tienen ganas los políticos en el norte de Europa, el euro podría
acabar fracasando.
Pero si llegan a la
conclusión de que la forma de evitar el hundimiento del sistema bancario
es seguir adelante con las reformas ambiciosas --en educación,
infraestructuras, administraciones públicas y mercados laborales y de
productos-- diseñadas para transformar el potencial productivo de la
economía, entonces la eurozona podría aún sobrevivir, e incluso
prosperar.
Fuente: The Wall Street Journal
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