La delgada línea del caos


La del populismo no es una amenaza abstracta en Europa. En Bruselas la inquietud por los próximos meses es altísima. Hay elecciones en Holanda, Francia y Alemania. Casi seguro en Italia y es posible que incluso en Grecia. Las consecuencias de gobiernos prometiendo lo imposible (y además asegurando que será fácil y rápido) se recuerdan bien, con el euro a punto de desintegrarse en julio de 2015 tras medio año de intensas discusiones entre Atenas y sus socios/acreedores.

No es sólo un desafío político. Holanda no ratificó el acuerdo de la UE con Ucrania por la presión de los extremos, un aviso muy claro de cómo están las cosas. Puede que Wilders no gane esta vez, o al menos que no gobierne, pero la presión en los Parlamentos está ahí. Tras el Brexit, los 27 deberán negociar un complicadísimo acuerdo con Londres y un solo país puede bloquear todo. El CETA, el acuerdo de libre comercio con Canadá, pasó con muchos apuros. Y el TTIP murió abandonado a su suerte.
No hay la misma presión que en 2011 y 2012, nadie tiene la impresión de que el mundo esté a punto de acabar. Pero los mercados miran con enorme preocupación a Francia, donde el Frente Nacional ha dejado caer, sin preocuparse por el efecto, que de llegar al Gobierno podrían convertir a una nueva divisa más del 80% de su deuda denominada en euros. Algo que como han advertido las agencias de rating llevaría directamente a un default de proporciones estratosféricas y consecuencias demoledoras para la Eurozona.
La UE no es un ente aislado sobre el que se pueda debatir a distancia, no es algo externo. Las legislaciones de los Estados Miembros están totalmente integradas en prácticamente todos y cada uno de los aspectos. Mantener una economía que, de forma conjunta, es la más grande del mundo, requiere una maquinaria muy bien engrasada. Y todavía, en muchas capitales, la UE es un activo tóxico al que pocos se quieren acercar en campaña.

El problema de fondo, y no todos lo saben o lo quieren aceptar en Bruselas, es que la línea que separa la prosperidad del caos es finísima. Que más de 60 años de integración pueden saltar por los aires en dos o tres meses, simplemente si un país hace un giro de 180 grados. Que las instituciones son completamente impotentes no ya ante un cisne negro, sino ante uno gris. La Economía griega, más pequeña que la de la Comunidad de Madrid, paralizó la UE durante medio año. Si en Francia se impone el populismo, sin disfraces ni matices, no hay pilar europeo que soporte el terremoto.

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